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Antiguo Almacén
5
PARA CONOCER Y DISFRUTAR

Antiguo almacén, ya el nombre lo dice todo, un lugar que se nos aparece desde su arquitectura original, noble y sencilla, con su inserción amable en un entorno tradicional. Al despejarlo de la huella del tiempo con cariño y dedicación y un alhajamiento concordante con los almacenes de barrio de antaño, hace que los olores, sabores y colores de entonces reaparezcan vibrantes ante los ojos del visitante.

En su interior encontramos los mismos productos con que se abastecían las cocinas y reposterías de siempre y que continúan deleitándonos en el presente. A esta impronta se agrega la creación y elaboración de nuevos ingredientes y creativas propuestas; saludables, orgánicas y gourmet, para crear y recrear en cualquier cocina, mesa 0 salón, las actuales tendencias gastronómicas.

 
 

Dulces Surtidos

I
Estrechas cajoneras con tapas abatibles
pintadas de un añil envejecido
había en el almacén de barrio de mi infancia
donde solía comprar dulces surtidos.

En ellas se guardaban sin remilgos,
infinidad de menestras a granel;
chuchoca, harina, azúcar blanca y rubia
llevadas con puruña a la balanza
y envueltas con destreza en cuadrados de papel.

Era todo un arte el envoltorio.
Nunca me cansó su ritual, por repetido;
esperaba el ágil movimiento de los dedos,
unas vueltas y un par de cachitos retorcidos.

II
Quisimos con mi hermana, alguna vez,
en tanto la abuela corta siesta cabeceaba,
imitar aque1jueguito del paquete
con azúcar o sal escamoteada.

El resultado? Desastre con revuelo
de esparcidos papeles arrugados
mientras íbamos pisando por el suelo
con jolgorio el crocante desparramo.

Pero me estoy dejando ir, suelta la mente
por las mallas que teje el pensamiento.
Volvamos al recuerdo del negocio
que es, al fin, el tema de mi cuento.

III
En el centro se situaba el mostrador,
de estructura maciza con molduras, y con
su cubierta manchada desde
siempre con pringue inde1nido y briznas
de verdura.

Sobre este, y a un costado, mi delicia...
frascos barrigones develaban los colores
de unos caramelos de tronquitos
cortados en sus caras como flores.

Se guardaban también los camotillos,
corno cascotes, tiesos y glaseados,
las graciosas pastillas pololeo
y el anís listado de rosado.

En el lado opuesto, un molinillo de café
que tenia rueda roja con manilla
mientras un cajón mal ajustado,
la fragante molienda recibía.

Había también en un rincón
grandes tambores con sus bombas,
para mi muy misteriosas
que subían, haciendo gorgoritos
un aceite dorado y muy viscoso.

IV
En estanterías no muy llenas
convivían las conservas de atún y de tomate,
junto a un revoltijo de fragancias
en que descollaba el olor a hierba mate.


Huevitos de color en cestos suspendidos,
colgaban de unos ganchos acerados
junto a un enorme cuadrado de tocino,
y una sarta de chorizos en secado.

Detrás de unos canastos con vientres generosos
que acunaban papas morenas y cebollas colorinas,
se afirmaban entre ellos, corno amigos en farra,
los sacos de castañas, de legumbres y sal fina
que ellas contenían.

Apilados canastillos de alambre resguardaban
las botellas de vidrio en que la leche se vendía,
con tapas de color azul o rojo que indicaban
el grado de gordura que ellas contenían.

Alumbraba esta escena singular
la luz mortecina de un tubo fluorescente
en que aún quedaban ensartadas
un par de desteñidas banderitas de papel
olvidadas de una fiesta de septiembre.

V
Su dueña, Doña Pura era persona
ancha en el cabal sentido de la palabra.
Ocupaba un gran espacio en su negocio
y en la comunidad que le rodeaba
con sus delantales impecables con pechera
se movía sin prisa en ese tiempo,
en que la conversación, más importante era
que la actual relación tiempo - dinero
Casi iletrada pero aguda,
sacaba cuentas con velocidad pasmosa
como buena campesina, un tanto socarrona,
pero siempre compasiva y generosa.

VI
Que será hoy de aquel almacencito?
Sin duda que el progreso lo ha barrido,
en su lugar habrá un supermercado,
grande, impersonal, y concurrido.
Con sesudos estudios de mercado
y estratégicamente abastecido.

Sus productos serán limpios e intocados
higienizados como manda el reglamento,
envasados al vacío, rotulados
con códigos de barra y vencimiento.

VII
Cuando a veces me visita la nostalgia
y me interno por caminos recorridos,
regreso a aquel recodo de mi infancia
y con una monedita imaginaria,
me detengo a comprar dulces surtidos...

Diciembre 1994 /
por Sonia Oyarzún Iglesias de Lavaud